Durante muchos años, la medicina estética fue vista como un territorio casi exclusivamente femenino. Los tratamientos faciales, los procedimientos de rejuvenecimiento y el cuidado avanzado de la piel parecían reservados para mujeres, pues para muchos hombres, acercarse a una consulta estética implicaba enfrentar prejuicios: el miedo a verse “arreglado”, perder naturalidad o que el cuidado personal fuera leído como vanidad.