Por Guillermo Castelán
El teatro musical en México atraviesa uno de sus momentos más ambiciosos, y Matilda, el musical es prueba de ello. La producción de Alejandro Gou en el Centro Cultural Teatro 1 logra transformar una de las historias más queridas de Roald Dahl en una experiencia visual, musical y emocionalmente envolvente, pensada tanto para quienes crecieron con las películas como para nuevas generaciones que descubrirán a Matilda desde el escenario.

Una experiencia sensorial completa
La dirección de Nick Evans apuesta por un montaje dinámico, colorido y constantemente en movimiento. Desde los primeros minutos, la obra deja claro que no pretende ser una adaptación minimalista, sino una producción de gran formato donde la energía del ensamble infantil y adulto sostiene el ritmo con enorme precisión. La escenografía juega un papel fundamental, creando un universo exagerado, divertido y sólo ligeramente oscuro, especialmente si se compara con la estética mucho más tenebrosa que suele retratarse en las películas sobre la escuela de Tronchatoro.
Uno de los detalles más memorables de la puesta ocurre durante la icónica escena del pastel de chocolate de Bruce. De pronto, el teatro entero se llena de aroma a chocolate, convirtiendo el momento en una experiencia sensorial inesperada que arranca reacciones inmediatas del público. Es uno de esos pequeños recursos que terminan elevando la experiencia y demostrando el nivel de producción detrás del montaje.
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Las estrellas que se robaron la noche
Jaime Camil se convierte en uno de los grandes protagonistas de la noche con su interpretación de Tronchatoro. El actor abraza por completo el absurdo del personaje y lo lleva hacia un terreno caricaturesco, incómodo y divertido al mismo tiempo. Su presencia escénica domina el escenario y confirma por qué sigue siendo una de las figuras más queridas del entretenimiento en México.
Ricardo Margaleff aporta gran parte del humor de la obra y demuestra nuevamente la experiencia que ha construido dentro del teatro musical después de proyectos como The Book of Mormon, Hamilton, Spamalot y Brokers. Verónica Jaspeado, por su parte, interpreta a la señora Wormwood con soltura y personalidad, sumando comicidad y extravagancia a la dinámica familiar de Matilda.
En la función que tuvimos oportunidad de ver, Gloria Aura interpretó a la señorita Miel con una sensibilidad que equilibra perfectamente la intensidad de la historia. Su trabajo transmite empatía y cercanía, recordándonos también su sólida trayectoria dentro del teatro musical en producciones como Mamma Mia!, Cats y Marta tiene un marcapasos en España. Gicela Sehedi, como la señora Phelps, aporta una presencia cálida y entrañable desde la biblioteca, ese espacio donde Matilda encuentra refugio en los libros y la imaginación.

Lo más especial de Matilda
La gran sorpresa de la noche fue Raffaellla como Matilda. Su capacidad para cantar, bailar y sostener emocionalmente una producción de este tamaño resulta impresionante. Más allá de la técnica, logra transmitir la inteligencia, la sensibilidad y la rebeldía del personaje con mucha naturalidad. Después de verla, inevitablemente nace la curiosidad de regresar para descubrir también las interpretaciones de Lara Campos, Emilia y Elena en el mismo papel.

Matilda, el musical tiene detalles perfectibles, particularmente en algunos momentos de dicción dentro del elenco infantil, donde ciertas canciones o frases pueden perder claridad. Sin embargo, el nivel general de la producción termina superando ampliamente esos pequeños tropiezos.
Lo más valioso de la obra es que nunca subestima a los niños. Habla sobre inteligencia, imaginación y sensibilidad desde un lugar honesto, recordándole también a los adultos la importancia de escuchar, acompañar y comprender otras maneras de mirar el mundo.
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En una cartelera cada vez más competitiva, Matilda, el musical consigue algo importante, hacer que el público salga del teatro con la sensación de haber vivido una experiencia completa. Visual, musical, emocional y, en este caso, hasta aromática.
