Reseña: La autoficción en Sentimental Value

En Sentimental Value, Joachim Trier retoma algunas de las inquietudes que definieron La peor persona del mundo, pero las desplaza hacia un territorio más incómodo: el de la familia, la herencia emocional y los vínculos que nunca terminan de resolverse.
Sentimental Value

Joachim Trier es un director que, a pesar de llevar casi veinte años haciendo cine, se volvió verdaderamente relevante para el gran público a partir de La peor persona del mundo. Aquella película no sólo consolidó su voz autoral, sino que convirtió a Renate Reinsve en un rostro reconocible del cine europeo contemporáneo. En Sentimental Value, Trier vuelve a trabajar con ella, esta vez interpretando a Nora Borg, una actriz en sus treinta cuya carrera comienza a despegar mientras su estabilidad emocional se encuentra profundamente fracturada.

 

Si en La peor persona del mundo el interés estaba puesto en la dificultad de construir una identidad adulta, en Sentimental Value esa preocupación persiste, pero desplazada hacia el terreno familiar y generacional. Aquí, la identidad ya no se construye solo hacia adelante, sino en diálogo y conflicto con lo heredado, metaforizado por una casa que trasciende, pero con grietas presentes que no tiran la construcción, pero que la fracturan.

 

 

La historia gira en torno al reencuentro de dos hermanas con su padre distante, Gustav Borg, un cineasta reconocido, tras la muerte de su madre. A partir de ese reencuentro, la película explora la complejidad de los vínculos familiares: las ausencias, los traumas que se heredan sin ser nombrados y el dolor que se transmite incluso cuando hay buenas intenciones. Pero, sobre todo (y desde donde se cimienta esta crítica) Sentimental Value reflexiona sobre el arte como una forma torcida y probablemente incompleta de reconciliación; como un intento de crear vínculos ahí donde la vida cotidiana y su comunicación fracasó.

 

Stellan Skarsgård ofrece una interpretación notable como Gustav Borg: un padre que, muy a su manera y quizá sin plena conciencia, intenta reparar la relación con sus hijas proponiéndoles aquello que mejor sabe hacer, como sustituto del afecto. Gustav le pide a Nora que protagonice su nueva película, una obra que reescribe libremente el suicidio de su propia madre. Es un gesto brutal y profundamente egoísta, pero también el único lenguaje emocional que el personaje parece dominar. Gustav ha vivido más tiempo en la ficción que en la intimidad, y cuando necesita enfrentarse a sus emociones, lo hace escribiéndolas para otros.

 

El problema es que, al no obtener la respuesta que espera de su hija, termina desplazando ese “valor sentimental” de manera injusta pero justificada el vínculo que nunca construyó con Nora, hacia Rachel, una actriz estadounidense a quien conoce por casualidad y a quien ofrece el papel originalmente pensado para su hija. A ella la trata con cuidado, con escucha, con una paciencia que nunca tuvo en casa. Poco a poco, Gustav deposita en esta relación una carga afectiva casi filial, hasta rozar lo absurdo.

 

 

Aquí es donde Sentimental Value se vuelve particularmente interesante como ejercicio de autoficción. No solo porque un personaje hace una película dentro de la película, sino porque ese gesto revela cómo el arte puede funcionar simultáneamente como espejo y como puente entre personas distanciadas. Gustav intenta sanar su presente reescribiendo su pasado, con una película sobre su madre, interpretada por su hija, escrita por un hombre que nunca supo realmente cómo leer el dolor de esa hija, ni el de su madre y mucho menos su propio dolor. Y así quizá sin pasar por la cabeza de Gustav. Abuela y nieta se conectan desde la tristeza; el padre escribe un duelo que no le pertenece del todo ¿o sí ?.

 

La elección del reparto amplifica esta capa meta. La presencia de Elle Fanning como Rachel no es solo una decisión estética o comercial sino contextual. Su rol foráneo, no sólo cultural, sino emocional, subraya la desconexión central del relato. En la ficción de Gustav, como en Sentimental Value, la única actriz estadounidense encarna ese lugar ajeno, pulido y aparentemente comprensivo donde el afecto parece más fácil, precisamente porque no carga con la historia familiar ni regional.

 

Esta lectura se vuelve aún más sugestiva si se conecta con la entrevista de Actors on Actors para Variety, donde Alexander Skarsgård recrimina a su padre (en tono cómico, pero personal) que su nominación por Sentimental Value se debe a que interpreta “algo muy fácil”, por que se interpreta a sí mismo, un padre ausente. La broma abre una grieta interesante. ¿Hasta qué punto Stellan Skarsgård utiliza este papel como una forma de decir algo que no necesariamente puede decirle a sus hijos reales?.

 

 

El propio Joachim Trier ha señalado en entrevistas que su vínculo con Sentimental Value está atravesado por su experiencia como padre y por la forma en que él y sus hermanos se relacionaron con sus propios padres. No se trata de una autobiografía directa, pero sí de una obra que deja filtrar algo íntimo, algo no resuelto. Y quizá por eso la película se siente tan honesta en su ambigüedad, nadie se redime del todo pero nadie queda completamente condenado.

 

Desde ahí, la película me obligó a mirarme. Como cerca del 40% de los mexicanos, crecí sin un padre en casa, por lo que mi relación familiar se ha construido principalmente desde el lado materno, con sus propios silencios y traumas. Mi madre y yo no compartimos muchos intereses pues pensamos distinto políticamente, ella es contadora y yo un pobre diablo. Pero cada martes intentamos encontrarnos en un plan sencillo de aprovechar el 2×1 del cine. Yo elijo la película (Obviamente tratando de que sea “apta” para ojos maternos); paso por ella, a veces por mi abuela, a veces nos acompaña mi pareja. La constante siempre somos ella y yo. Y esta vez elegimos Sentimental Value.

 

 

Ver esta película con mi madre, con quien siempre ha existido una barrera emocional, fue revelador. Cuando ella derramó su primera lágrima entendí que la película no me estaba atravesando más a mí que a ella. Mi madre también tuvo una relación fragmentada con su padre, un locutor de novelas policiacas que la hacía desvelarse para escuchar historias que no eran apropiadas para su edad, solo para oír la mención de su nombre o para descubrir algún personaje como su tocayo. Quizá esa fue su forma incompleta de decir “pienso en ti”. Tal vez mi abuelo tampoco supo hacerlo de otra manera.

 

Por eso no entendí del todo mis lágrimas ante el cierre inesperadamente feliz de la película. Pero sí sentí algo distinto: una conexión nueva con mi madre, parecida (poca y modesta) a la que Sentimental Value sugiere entre Gustav y Nora. Al salir del cine, mi madre cerró nuestra cita con: “Qué padre ver películas de gente real”.

 

 

Y quizá ahí está todo. Tal vez el arte, en su intento por comunicar lo que no sabemos decir, además parece tener la facultad de ser esa herramienta para entendernos un poco más, de crear vínculos desde lo que no podemos decir con palabras. Para los creadores, como Gustav y Nora. Para los espectadores, como mi madre y yo. Dándole a la película (y a esta crítica) una última capa de una pequeña metaficción personal, otro valor sentimental.

 

– Aldo Ter-veen

Realizador Audiovisual

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