El domingo 15 de febrero, en la tranquila Middleburg, Virginia, se apagó una de las presencias más formidables del cine americano.
Robert Duvall, ese rostro de rasgos duros y una mirada que podía transmitir tanto la lealtad fría del consigliere como el delirio poético de un coronel en mitad de la jungla.
Falleció a los 95 años rodeado del amor de su esposa, Luciana Pedraza. Lo hizo “en paz, en casa”, según el comunicado que ella misma compartió, y con la discreción que siempre lo caracterizó.
¿Quién era Robert Duvall?
Nacido en San Diego en 1931, hijo de un oficial naval, Duvall sirvió en la Guerra de Corea antes de llegar a Nueva York para compartir piso con dos desconocidos llamados Dustin Hoffman y Gene Hackman.
Debutó en cine sin pronunciar una sola palabra: fue el enigmático Boo Radley en Matar a un ruiseñor (1962), una aparición fantasmagórica que ya anunciaba a un intérprete capaz de llenar la pantalla desde el mutismo absoluto.
El hombre de los 7 Óscar y una sola estatuilla
Duvall acumuló siete nominaciones a lo largo de seis décadas. La primera llegó gracias a Francis Ford Coppola, que lo eligió para encarnar a Tom Hagen, el abogado de los Corleone en El Padrino (1972).
Su trabajo en esa saga, frío, calculador y profundamente leal, es una clase magistral de contención actoral. Pero fue Coppola quien también le regaló uno de los personajes más citados de la historia: el teniente coronel Kilgore en Apocalypse Now (1979), con esa obsesión por el olor a napalm al amanecer que Duvall convirtió en poesía macabra.
Su único Oscar competitivo —como Mejor Actor— llegó en 1983 con Tender Mercies (Gracias y favores), donde interpretó a un cantante country alcohólico en busca de redención. Duvall, que cantaba y montaba a caballo como si hubiera nacido para ello, demostró que el verdadero actor no necesita maquillaje: necesita verdad.
Años después, él mismo dirigiría y protagonizaría The Apostle (1997), otro retrato desgarrador de un hombre de fe en caída libre, que le valió su sexta nominación.
Le gustaba gozar de una vida tranquila
Duvall tuvo cuatro matrimonios, pero el último, con la argentina Luciana Pedraza, duró más de dos décadas y lo conectó profundamente con Latinoamérica. Juntos bailaban tango, veraneaban en Salta y hasta regentaron un hotel en Jujuy.
“La alegría de pasar cada día con mi amada esposa”, decía al cumplir 90 años, “ella es un pilar de fuerza”.
La familia ha pedido que no haya ceremonias fúnebres. En su lugar, invitan a quienes deseen honrar su memoria a “ver una gran película, contar una buena historia alrededor de una mesa con amigos, o dar un paseo por el campo para apreciar la belleza del mundo”.