Reseña: Hamnet, la película que nos recuerda que el duelo es amor sin lugar a donde ir

Chloé Zhao adapta la novela de Maggie O’Farrell y nos entrega una de las películas más desgarradoras del año, Hamnet. Hablamos de duelo, de naturaleza, de cómo el arte nos salva y de por qué esta historia nos pega tan duro en el pecho.
Hamnet

Hay películas que ves y olvidas al salir del cine. Y hay películas que se quedan contigo días enteros, como un eco que no termina de apagarse. Hamnet es de esas segundas. Pero no porque sea complicada de entender o porque tenga giros de tuerca imposibles. Es sencilla en su planteamiento: una familia, un hijo que se enferma, un duelo que lo parte todo en dos. Lo que la hace inolvidable es cómo cuenta esa historia, con una honestidad que a veces duele ver.

 

 

La película, dirigida por la ganadora del Oscar, Chloé Zhao (la misma de Nomadland), adapta la novela de Maggie O’Farrell publicada en 2020 que ya había roto corazones en papel y ha sido galardonada con muchos premios. Zhao coescribe el guion con la propia O’Farrell, y juntas logran algo difícil: que una historia ambientada en el siglo XVI se sienta completamente actual, cercana, nuestra.

 

El reparto es de otro nivel. Jessie Buckley interpreta a Agnes, la esposa de William Shakespeare (aunque aquí lo llaman solo Will, interpretado por Paul Mescal). Buckley ya ganó el Critics’ Choice Award como Mejor Actriz y es una fuerte candidata para ganar el Premio de la Academia en la misma categoría. Y no es para menos: su Agnes es una mujer de pocas palabras pero miradas que pesan toneladas, una bruja blanca que se comunica con la naturaleza y que, cuando el dolor llega, lo expresa con el cuerpo entero.

 

 

Pero hay alguien más queso roba la pantalla. Jacobi Jupe, con apenas 11 años, interpreta a Hamnet, el hijo que da título a la película. Y es imposible no rendirse ante su actuación. Hay dos escenas en particular, cuando decide ser valiente y enfrenta la muerte en lugar de su hermana y como este concluye con su muerte en brazos de Agnes, escenas que parten en dos a cualquiera que haya tenido un corazón. La crítica lo ha señalado como una revelación, un niño actor que compite de tú a tú con pesos pesados como Buckley y Mescal sin desentonar ni un segundo.

 

 

La naturaleza como personaje

 

Algo que atraviesa toda la película es la presencia de la naturaleza. No como un contexto espacial sin más, sino como un persona más. Agnes se refugia entre las raíces de los árboles, conversa con un halcón, siente que la vida y la muerte son parte de un ciclo más grande que lo humano. Zhao ha hablado de esto como la “conciencia femenina” que habita en la película: esa conexión con la tierra, con lo instintivo, con lo que no necesita palabras para ser cierto.

 

Cuando Hamnet muere, no es solo la pérdida de un hijo. Es también la ruptura de ese vínculo con la naturaleza, la prueba de que hay dolores tan grandes que ni los árboles más antiguos pueden contener.

 

 

Dos formas de atravesar el dolor

 

La película nos muestra dos maneras de lidiar con la pérdida. La de Agnes: visceral, inmediata, hecha de gritos que salen de algún lugar profundo que no sabías que existía. Y la de Will: contenida, silenciosa, que encuentra en la escritura una vía de escape. Él se va a Londres, escribe, se sumerge en el teatro. Ella se queda en Stratford, criando a las hijas que quedan, cargando sola con el peso de una ausencia que no se puede explicar.

 

Pero el arte, ese invento raro de los humanos, termina siendo el puente. Cuando Will escribe Hamlet, y sí, el dato curioso: en la época, Hamnet y Hamlet se consideraban el mismo nombre , está poniendo en escena algo que no ha podido procesar de otra manera. La obra no es sobre su hijo, pero está impregnada de su hijo. Del dolor de perderlo, de las preguntas sin respuesta, de esa obsesión por la muerte que atraviesa la tragedia danesa.

 

Y aquí está lo más hermoso: cuando Agnes finalmente ve la obra, como parte del público del Globe Theatre, entiende. Entiende que el amor que ya no podía darle a su hijo encontró otro cauce. Que las palabras de Will, aunque él no haya estado físicamente, también son suyas. Que el duelo compartido, de alguna manera, los vuelve a unir, y lo más importante, que todo el mundo va a doler la muerte de su hijo de manera indirecta.

 

 

¿Manipulación emocional o arte verdadero?

 

Alrededor de Hamnet ha crecido un debate interesante. Algunos críticos la acusan de ser “grief porn”, de usar la muerte de un niño para sacarnos lágrimas fáciles con música de Max Richter y primeros planos de Buckley llorando . Y sí, es cierto que la película no escatima en emotividad. Pero reducirla a eso es no ver el bosque (nunca mejor dicho).

 

Porque Hamnet no es solo sobre llorar. Es sobre cómo seguimos viviendo cuando lo peor ya pasó. Sobre cómo el amor no desaparece, solo se transforma. Sobre cómo a veces crear es la única manera de no derrumbarse.

 

 

El veredicto final

 

Hamnet es una de esas películas que duelen y que inspiran. Que te dejan vacío pero también, de alguna manera, más lleno. Jessie Buckley está monumental, Paul Mescal hace de las suyas con esa mezcla de fragilidad y misterio que maneja tan bien, y Jacobi Jupe… bueno, Jacobi Jupe es el recordatorio de que a veces los niños actores pueden ser mejores que muchos adultos con décadas de carrera.

 

Si tienes oportunidad de verla en cine, hazlo. Lleva pañuelos (en serio). Y permítete sentir todo lo que viene. Porque al final, de eso se trata: de sentir. De recordar que el duelo no es más que amor que no encuentra dónde posarse. Y que el arte, este arte, puede ser el lugar donde finalmente aterrice.

 

 

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