Por Carlos Vargas
En el diseño contemporáneo, las piezas verdaderamente memorables no son aquellas que buscan encajar en un catálogo perfecto ni las que se limitan a alardear de un acabado impecable. Lo que realmente importa es la historia de su transformación, el peso de su materialidad y la cultura de oficio que las sostiene.
Esa es la visión con la que irrumpe Mesa Tatema, la primera entrega de mobiliario de autor concebida por Möle Studio, el taller multidisciplinario con sede en la Ciudad de México fundado por la arquitecta Shanik Dörrbecker. Más que un mueble de centro, la pieza se articula como una pequeña obra de arquitectura táctil que explora los límites entre la escultura y la memoria de la materia.

Geología y botánica unidas por el fuego
El punto de partida de la Mesa Tatema es un abrazo entre dos materiales que se antojan contrarios: la madera y el basalto.
Por un lado, la cubierta está labrada en una losa monumental de parota, también conocida como Guanacaste, una especie de la flora neotropical mexicana reconocida por su imponente envergadura y la riqueza de sus vetas. En lugar de someter la madera a los tratamientos sintéticos tradicionales, Möle Studio recurre al tatemado, la técnica ancestral de exposición directa a la llama. Al arder, la superficie pierde su tono orgánico para adquirir un acabado tiznado, casi mineral, en el que las grietas y los matices ahumados permanecen a la vista como el registro vivo de su propia metamorfosis.
Para servir de soporte a este cuerpo de madera, está una base que se resuelve mediante dos bloques monolíticos de piedra volcánica labrada, un material gestado a presiones extremas en las profundidades del manto terrestre y formado tras la fusión del magma a temperaturas de más de mil grados Celsius. Esta roca preserva al enfriarse una textura porosa y una densidad brutal que contrasta con la ligereza del carbón vegetal.

Un objeto con memoria y maestría local
En un panorama donde la producción industrial busca eliminar cualquier rastro de imperfección, la propuesta de Shanik Dörrbecker apuesta por la honestidad del accidente y la huella del tiempo.
Detrás del concepto de Tatema se encuentra una sinergia creativa con artesanos y talleres especializados nacionales. La pieza no es un mero ensamble, sino que nace del intercambio de saberes donde la destreza con las manos para cincelar la roca y el dominio del fuego para carbonizar la madera evidencian el lujo que existe detrás del oficio local y añade valor al aspecto autoral de la creación.
Con proporciones modestas pero sólidas, Mesa Tatema está pensada tanto para habitar un espacio residencial de carácter mesurado como para convivir en el contexto de una galería de diseño coleccionable, la pieza demuestra cómo los materiales locales y la artesanía mexicana de alto nivel pueden reinterpretar el arte de habitar el espacio.