Palma de Mallorca: descubrir el Mediterráneo desde el mar

Palma de Mallorca
Créditos: @rosendaruiz

Por Rose Ruíz 

 

Llegué a Palma de Mallorca con la intención de conocer el turismo náutico desde dentro. No como espectadora, sino como pasajera de una historia que lleva siglos ligada al Mediterráneo: barcos que salen de los muelles, playas que aparecen desde el agua y atardeceres que se disfrutan a bordo.

 

Ya había recorrido otras islas del archipiélago. El año pasado navegué por varias de ellas y Menorca fue mi favorita por su gastronomía, su cultura local y ese encanto que todavía conserva. Por eso, llegar finalmente a Palma me generaba curiosidad. Quería conocer qué había convertido a la isla en uno de los principales destinos europeos para el yachting.

 

La respuesta comenzó a aparecer desde el primer día.

 

Créditos: @rosendaruiz

 

Una industria construida alrededor del mar

 

El viaje comenzó con un cóctel que reunió a representantes de ANEN, Turespaña y del sector náutico balear, entre ellos Jordi Carrasco, director de ANEN; Carmen Herrero, responsable de comunicación; y Mar Lucena, quien convocó a la prensa para este recorrido.

 

Durante la conversación apareció una idea recurrente: Mallorca ha dejado de ser únicamente un destino de sol y playa para consolidarse también como un referente del turismo náutico premium.

 

Al escuchar a quienes llevan años trabajando en esta industria, queda claro que detrás de los yates hay mucho más que una temporada turística. Marinas, astilleros, empresas de chárter, restaurantes, hoteles y servicios especializados forman una red que funciona durante todo el año.

 

La mañana siguiente comenzó en el Club de Mar. Recorrer sus pantalanes permite dimensionar rápidamente la importancia que tiene la navegación para la isla. Las embarcaciones de distintas dimensiones ocupan buena parte del paisaje y muestran la infraestructura que existe alrededor de ellas.

 

Más tarde, Puerto Portals ofreció una perspectiva distinta. Boutiques internacionales, restaurantes y terrazas frente al mar conviven en uno de los puntos más conocidos del lifestyle náutico de Mallorca.

 

Palma de Mallorca
Créditos: @rosendaruiz

 

Palma, también a pie

 

Por la noche tocó dejar el barco y recorrer Palma caminando.

 

La primera parada fue la Catedral-Basílica de Santa María, conocida como La Seu. La construcción gótica domina la bahía desde hace siglos y, cuando cae la noche, su silueta iluminada contrasta con el mar y las embarcaciones que permanecen frente a ella.

 

A unos pasos está el Palacio Real de La Almudaina, una antigua alcazaba árabe que posteriormente se convirtió en residencia real. Su historia es también la historia de Mallorca como punto de encuentro entre distintas culturas.

 

El recorrido continuó hasta Sa Llotja, la Lonja, antiguo espacio dedicado al comercio marítimo y uno de los ejemplos más importantes del gótico civil de la isla. Sus columnas torsas recuerdan la relación que Palma mantuvo durante siglos con el comercio y la navegación.

 

Después llegó el Passeig des Born, un bulevar arbolado rodeado de boutiques, restaurantes y terrazas. Y, para quienes quieren observar la ciudad desde otro ángulo, el Castillo de Bellver ofrece una de las mejores vistas de la bahía.

 

Después de recorrer estos lugares, resulta difícil separar la historia de Palma de su relación con el mar. La navegación no es una actividad reciente en Mallorca; es parte de la historia de la isla.

 

Créditos: @rosendaruiz

 

Mallorca sabe diferente desde un barco

 

Al día siguiente volvimos al agua.

 

Salimos de Palma rumbo a la costa sur en una jornada de navegación privada. El cambio de ritmo es inmediato. Conforme la costa se aleja, desaparecen el tráfico y el ruido de la ciudad y el día empieza a girar alrededor del mar.

 

Fondeamos en una cala de aguas turquesa y ahí comenzó una de las experiencias que mejor resumieron el viaje: Chef on Board.

 

La comida se sirvió directamente a bordo con productos mediterráneos y de la isla: pescado de la lonja del día, aceite de oliva mallorquín y vinos baleares.

 

Con los pies descalzos sobre la cubierta y el sol bajando sobre el horizonte, entendí algo que se había repetido durante el viaje: hay lugares que se conocen de una manera completamente distinta cuando se llega a ellos por mar.

 

En Mallorca, esa diferencia se nota especialmente.

 

De la mesa al territorio

 

Esa misma noche dejamos nuevamente la costa para conocer otra parte de la isla.

 

La cena tuvo lugar en una finca del interior y estuvo dedicada a la cocina tradicional mallorquina. Comenzamos con trempó, preparado con tomate, cebolla y pimiento, y sobrasada sobre pan moreno tostado.

 

Después llegaron el arròs brut, un arroz caldoso preparado con pollo, conejo y verduras, y el tumbet, elaborado con berenjena, calabacín, pimiento y patata.

 

Para cerrar, una ensaimada tibia y gató de almendra, acompañado de helado de almendra.

 

La cena estuvo acompañada por vinos de las denominaciones de origen de la isla: un tinto de Binissalem, elaborado con manto negro y callet, y un blanco de Pla i Llevant, elaborado con la uva autóctona moll.

 

Probar productos y vinos de la isla después de haber pasado el día navegando permite entender mejor la relación entre el mar y el territorio. Lo que ocurre en la costa también tiene una historia que comienza tierra adentro.

 

El negocio detrás del yachting

 

La visita a Port Adriano, una de las marinas más modernas del Mediterráneo, permitió conocer la otra cara del turismo náutico.

 

Aquí hablamos de grandes embarcaciones, chárter, sostenibilidad e innovación. También de una industria que necesita astilleros, proveedores, tripulaciones, mantenimiento y una larga lista de servicios especializados.

 

Por eso, el turismo náutico de Mallorca va mucho más allá de los yates que vemos amarrados en sus puertos. Existe una infraestructura empresarial completa que ha convertido a la isla en uno de los principales puntos de referencia del sector en Europa.

 

Y aunque comparte mercado con destinos como Mónaco o la Costa Azul, Mallorca tiene una ventaja difícil de medir: su relación natural con el resto de la isla.

 

Créditos: @rosendaruiz

 

El otro Mallorca

 

La última experiencia del viaje volvió a llevarnos tierra adentro.

 

En una finca dedicada al oleoturismo conocimos el lado más tranquilo de Mallorca: olivos centenarios, paisaje rural y una tradición ligada a la producción de aceite que se mantiene generación tras generación.

 

Fue un contraste necesario después de varios días alrededor de barcos y marinas. También una muestra de que la experiencia mallorquina no termina en la costa.

 

La cena de clausura, acompañada por representantes institucionales de Baleares y las empresas colaboradoras, cerró el viaje.

 

Después de varios días recorriendo Palma por tierra y por mar, la conclusión resultó bastante sencilla: Mallorca ha conseguido construir una industria turística sofisticada sin desprenderse de aquello que la hace reconocible.

 

Hay yates, marinas y hoteles de lujo, pero también mercados, fincas, recetas familiares, vinos locales y una ciudad con siglos de historia.

 

Quizá por eso Palma funciona tan bien como destino náutico. El mar es el punto de entrada, pero la isla ofrece muchas razones para quedarse.

 

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