Por Rose Ruíz
Hay ciudades que uno visita y ciudades que uno respira. Montreal, para mí, fue de las segundas.
Viajé con mi esposo Beto, mi hija Daniela y mi yerno Adrián durante esa primera semana de septiembre en la que los niños ya han vuelto a clases y la ciudad, silenciosamente, vuelve a pertenecer a quienes viven ahí. No es Roma en pleno verano, desbordada de turistas bajo el sol; tampoco tiene la urgencia de Tokio ni el pulso acelerado de Nueva York. Montreal es una gran ciudad, cosmopolita y llena de vida, pero con una vibra relajada que se agradece desde el primer paseo.
Esa calma tiene mucho que ver con su relación con la naturaleza. Los parques no son un accesorio urbano: son protagonistas. Se cruzan con la vida diaria, con el transporte y con los recorridos cotidianos, dándole a la ciudad esa sensación de que todo puede tomarse con un poco más de calma.

Una ciudad para caminar, mirar y descubrir
Empezamos por Place Ville Marie, frente a El Aro, la escultura circular diseñada por Claude Cormier + Associés que se ha convertido en uno de los símbolos más fotografiados de la ciudad. Debajo, en el food court, comimos un ramen espectacular en Otto Ramen, con un inolvidable toque de mantequilla; de esos descubrimientos que uno no espera encontrar en un centro comercial, pero que en Montreal parecen surgir donde menos lo imaginas.
En el Domo vimos Time’s Gravity, una exposición realmente impactante de la artista Meryl McMaster. Y llegamos hasta ahí, como a casi todos lados, en metro: rápido, limpio y con una sensación de seguridad que se agradece muchísimo cuando se viaja en familia.
Una de las visitas que más me emocionó fue la exposición Montreal 1976: une épreuve olympique. Ahí revivimos aquellos Juegos Olímpicos y el momento en que Nadia Comaneci, a quien admiro muchísimo, logró la puntuación perfecta que la llevó a la medalla de oro. Verlo de nuevo tantos años después, con Daniela y Adrián a mi lado, tuvo algo de encuentro generacional muy especial.
También vivimos un momento musical alrededor de Céline Dion, orgullosamente canadiense, y del hermoso vestido de Dior que utilizó para la clausura de los Juegos Olímpicos de París.
Al día siguiente visitamos The Montreal Museum of Fine Arts. Qué gran lugar: obras de distintas épocas reunidas bajo una curaduría fantástica. Me llevo especialmente en la memoria el impresionante Jaume Plensa negro ubicado en la entrada del museo y una obra titulada Cenicienta, llena de belleza y expresión.
Caminamos también por el campus de la Universidad McGill, fundada en 1821, con sus históricos edificios de piedra gris asomándose al pie del parque Mont Royal. Las Roddick Gates y la cúpula del Edificio de Artes son de esos rincones que hacen detener el paso sin siquiera buscarlo.
Montreal, una ciudad que convive con la naturaleza
Si algo resumió para mí esa idea de Montreal como una ciudad-jardín fue el Jardín Botánico: 75 hectáreas y cerca de 22 mil especies que lo convierten en uno de los espacios botánicos más importantes del mundo.
El jardín chino, con su espectáculo nocturno de luces, fue uno de los paseos más bonitos del viaje. Aunque el Insectario, con cerca de 3 mil especímenes naturalizados, terminó siendo, sin que lo esperáramos, uno de los grandes favoritos de la familia.
El Old Town tiene otro ritmo. Sus calles están llenas de restaurantes, pequeñas boutiques y galerías que invitan a caminar sin prisa. Y Montreal, hay que decirlo, también es una ciudad de café: prácticamente en cada esquina aparece una propuesta distinta, cada una con su propio carácter.
Comer también es conocer una ciudad
La poutine, por supuesto, era una parada obligada, y la de Schwartz’s fue, sin duda, la mejor que probamos: una verdadera delicia.
También visitamos The Menu, una exposición dedicada a explorar la importancia de la gastronomía y la restauración en la historia de la ciudad. Un verdadero festín para quienes, como yo, somos profundamente foodies.
Y entre las cenas del viaje, Gibbys se quedó como uno de los restaurantes más memorables.
Más allá de cada museo, restaurante o paseo, lo que más atesoro fueron esos cinco días extraordinarios en familia, acompañados además por un clima que no pudo haber sido mejor.
Montreal tiene esa rara virtud de ser una gran ciudad sin exigirle prisa a quien la visita. Se puede caminar, detenerse, admirar, comer bien y respirar hondo.
Y, a veces, ese es exactamente el tipo de viaje que uno necesita.







